viernes, 20 de marzo de 2015

Actividad física en la tercera edad

Hoy os quiero hablar desde un punto de vista general, de los consecuencias y adaptaciones que experimentamos a nivel orgánico durante el envejecimiento y de cómo enfocar la actividad física en la población de la tercera edad, así como, de los beneficios que derivan de la misma.

El  envejecimiento es un proceso natural que conlleva una serie de cambios a nivel biológico, psicológico y social.

En nuestra composición corporal afecta de forma negativa a nuestra funcionalidad destacando
una disminución progresiva de la fuerza muscular y la masa magra acompañada de un aumento de la masa grasa.

Esta pérdida de masa magra y la disminución de la sección transversal del músculo conllevan a una disminución del metabolismo basal, reducción de la movilidad o la ya citada pérdida de fuerza.

El paso de los años también es un factor que predispone a la pérdida de masa ósea. Con el envejecimiento, el tejido óseo esquelético se va volviendo más frágil debido principalmente a alteraciones relacionadas con la fijación del calcio. Esta problemática viene determinada por diversos factores, siendo uno de ellos la dificultad que tienen las personas mayores para sintetizar vitamina D. Siendo esta vitamina necesaria para fijar el calcio al hueso.

Uno de los fenómenos que más influye en el proceso de envejecimiento es la falta de renovación celular, hecho que provoca una disminución de la capacidad de generar nueva matriz cartilaginosa. 

Por otro lado, hay que añadir el efecto de la deshidratación del tejido cartilaginoso, propio del envejecimiento. Debido a cambios en algunas de las proteínas de las células cartilaginosas, disminuye la capacidad de hidratación de este tejido. La disminución de su capacidad de hidratación va directamente asociada a una disminución de la capacidad amortiguadora y a una disminución de la nutrición del tejido. La disminución de la capacidad de hidratación y nutrición del tejido aumenta la exposición al daño tisular.

Pues bien, ¿qué conseguimos o pretendemos con la actividad física? 

Lo que buscamos es revertir ese cambio en la composición corporal en personas sedentarias conduciéndolas a un estado de vida activo que propicie la preservación de masa muscular y mantenga la masa grasa y masa ósea en unos niveles saludables. Así como, reducir el riesgo de padecer enfermedades asociadas como la sarcopenia, osteoporosis u obesidad.


Principales beneficios de la actividad física en la tercera edad:


  • Mejora de la resistencia, tono muscular y aumento de la elasticidad muscular.
  •  Prevención de la osteoporosis.
  • Disminución de la tensión arterial (HTA).
  •  Mejora de la resistencia cardiopulmonar.
  •  Mejora de los niveles de azúcar en sangre.
  • Disminución riesgo de padecer enfermedades coronarias.
  • Evita atrofia muscular y rigidez en las articulaciones.
  • Prevención del dolor muscular.
  • Ayuda a mantener el peso adecuado.
  • Mejora la calidad del sueño y el descanso.
  •  Mayor bienestar y mejora de la autoestima.
  • Reducción niveles de estrés, ira y derivados.
  • Desarrolla las relaciones sociales.




¿Cómo programar un entrenamiento para una persona de la tercera edad?.

Para que la actividad física sea efectiva, segura y tenga los resultados esperados es vital su programación atendiendo a las necesidades particulares de cada persona y debe ser realizada de manera sistemática

El ejercicio de tipo aeróbico es el que mayores adaptaciones beneficiosas provoca para el organismo bajo el concepto de actividad física y salud sin que este sea sometido a un riesgo innecesario. El trabajo cardiovascular de tipo aeróbico será pues uno de los aspectos fundamentales a tener en cuenta en la prescripción del ejercicio para la tercera edad.

El tipo de actividad recomendada para realizar trabajo aeróbico consiste en ejercicios sencillos y dinámicos, donde haya movilización de los grandes grupos musculares y que su correcta ejecución no suponga un estrés añadido. Efecuando siempre antes del desarrollo de las mismas un calentamiento progresivo en intensidad que permita una correcta activación de las vías metabólicas que se van a utilizar y prevenga posibles lesiones del aparato locomotor.

El entrenamiento de fuerza ha de ser planificado para no provocar sobrecargas cardiacas ni un aumento de la tensión arterial. Lo más adecuado  para este fin sería el entrenamiento de la fuerza-resistencia, trabajando con cargas generalmente pequeñas (60% 1 RM) y realizando repeticiones numerosas, normalmente entre 12 y 15.

El trabajo de tipo isométrico puede ser un peligro innecesario cuando se trabaja con personas de edad avanzada y sobre todo, si sufren patología de tipo coronaria, ya que, este trabajo de fuerza muscular eleva la tensión arterial al generar un aumento de las resistencias periféricas.

La frecuencia de las sesiones de fuerza-resitencia será en principio de unos 3 días aproximadamente.

La flexibilidad es una cualidad involutiva (va disminuyendo progresivamente) y sobre todo en edades avanzadas se hace aún más evidente. La falta de flexibilidad puede ir asociada a disfunciones del aparato locomotor y con ello directamente relacionada con la falta de movilidad y el sedentarismo. Es por tanto un factor a tener en cuenta a la hora de prescribir ejercicio.

La realización de estiramientos en personas de edad avanzada debe realizarse de una manera segura. Se debe tener especial cuidado de seleccionar aquellos estiramientos que eviten colocar las articulaciones en situaciones de excesiva tensión. Se desechará cualquier tipo de ejercicio que produzca molestias o inestabilidad articular ya que pueden suponer un deterioro de la estructura articular.

La flexibilidad se trabaja diariamente.


Al contrario de lo que generalmente pensamos, el trabajo físico no debe limitarse a sesiones con una exigencia mínima y exclusivamente con carácter de juego y sociabilidad relegando a este a un segundo plano.


jueves, 19 de febrero de 2015

Lesiones del ligamento cruzado anterior de la rodilla

El LCA es el origen de las principales lesiones ligamentosas de rodilla en el deporte.

La rodilla es una articulación con movimiento de bisagra formada por el extremo inferior del fémur, los extremos superiores de la tibia y del peroné y la rótula. La rótula está unida a la articulación gracias a los ligamentos rotulianos (medial y lateral) y a la tuberosidad de la tibia mediante el ligamento de la rótula.

Las superficies articulares del fémur y de la tibia tienen cierta conformidad y estabilidad debido a su anatomía. A esta estabilidad contribuyen también los meniscos, la cápsula y los ligamentos.

Los ligamentos son haces de fibras de colágeno que tienen como función limitar el desplazamiento de la articulación por encima de los límites anatómicos y biomecánicos.

Los principales son: 

Ligamento lateral interno, en la parte interior de la rodilla, que previene de deformidades en valgo, que la rodilla se doble hacia adentro. 

Ligamento lateral externo, en la parte exterior de la rodilla, que evita que se deforme en varo, hacia afuera.

Ligamento cruzado posterior, que impide el desplazamiento a posterior de la tibia con respecto al fémur.

Ligamento cruzado anterior, impide el desplazamiento hacia delante de la tibia con respecto al fémur y proporciona cierta estabilidad rotacional a la rodilla.  El ligamento cruzado posterior  se “cruza” con el LCA dentro de la rodilla formando una "X"; es por esto que se los denomina ligamentos "cruzados". El LCA es la estructura que se lesiona con mayor frecuencia.

Causas de la lesión del LCA:
Puede destacarse que será susceptible de lesionarse ante situaciones forzadas de rotación interna del fémur o externa de la tibia, así como también puede verse altamente comprometido en aquellos movimientos en los que se provoque de manera forzada un desplazamiento anterior de la tibia.

  • Detenerse súbitamente o realizar cambios bruscos de dirección.
  • Desaceleración exagerada.
  • Torcer violentamente la rodilla aterrizando incorrectamente tras un salto.
  • Extensión exagerada de la rodilla “hiperextensión”. Ej: Dar una patada al aire o en falso.
  • Por contacto directo, colisión o traumatismo.
  • Accidentes automovilísticos.


Entres los factores que pueden predisponer a esta lesión podemos encontrar el tipo de actividad deportiva o laboral, la laxitud articular, los defectos de rotación de las extremidades, o de angulación, como en genu valgo...etc. Así mismo, varios estudios han demostrado que las mujeres atletas tienen una incidencia mayor de lesiones del ligamento cruzado anterior que los hombres atletas en determinados deportes. Se ha sugerido que se debe a diferencias en el estado físico, la fortaleza muscular y el control neuromuscular. Otras causas sugeridas incluyen diferencias en la alineación de la pelvis y extremidad inferior (pierna), mayor holgura en los ligamentos, y efectos de los estrógenos en las propiedades de los ligamentos.

Otros factores que contribuyen o aumentan las posibilidades de lesión del LCA son situaciones hormonales, uso crónico de esteroides, enfermedades sistémicas como diabetes, artritis reumatoide. 
Con frecuencia las lesiones del LCA no ocurren solas, coexisten con lesiones de los meniscos o de otros ligamentos.

Los adultos generalmente se rompen su LCA en la parte media del ligamento o el ligamento se “arranca” literalmente del fémur. Existen las roturas parciales o roturas que afectan a una parte del espesor de las fibras del mismo, pero sin romperse la envoltura de sinovial que lo recubre. A la larga las roturas parciales, si el deportista mantiene su nivel de actividad física, se convierten en totales, y las roturas totales aún aisladas, si el deportista mantiene su nivel de actividad física, predisponen la aparición de lesiones asociadas de otras estructuras de la rodilla, meniscos, cartílago…etc.

Síntomas

Cuando se produce la lesión del ligamento cruzado anterior, se escucha un "crujido" y se siente que la rodilla cede dejándonos sin apoyo.

Otros síntomas típicos incluyen:
  • Dolor con inflamación.
  • Pérdida del rango completo de movimiento.
  • Dolor a la presión a lo largo de la línea articular
  • Incomodidad o dificultad al andar.


Tratamiento quirúrgico y rehabilitación

El LCA, al igual que el ligamento cruzado posterior (LCP) y el ligamento lateral externo, es un ligamento "cordonal" a diferencia de los ligamentos del complejo interno de la rodilla que son ligamentos "acintados". Este dato es de gran importancia práctica pues los ligamentos cordonales, tras la rotura, sufren retracción de sus extremos y nunca restablecen su continuidad. De esto se deduce que el tratamiento de una rotura completa del LCA debe ser la cirugía. Es decir, el ligamento es cordonal siendo el aporte vascular externo lo que implica que las fibras del ligamento roto son incapaces de repararse por sí solas.

El  ligamento cruzado anterior se debe reconstruir o sustituir utilizando un injerto. Las intervenciones se realizan por artroscopia. 

El injerto utilizado puede ser del propio paciente o de cadáver. Los injertos sintéticos están en desuso. 

Los injertos más comúnmente utilizados son: 

Tendón rotuliano autólogo (HTH).

Tendones de la “pata de ganso”, de la parte posterior del muslo (Semitendinoso y recto interno). 

Injerto de cadáver (tendón rotuliano, tendón Aquiles, tendón cuadricipital, etc.) 

La rotura del LCA creará una inestabilidad crónica de la rodilla, provocando en el paciente la sensación de inseguridad en la misma, limitando la actividad física, laboral o deportiva y muchas actividades de la vida diaria que implican giros de la rodilla.

Aunque la falta de LCA no siempre produce una perdida funcional importante (algunos deportistas han podido superar esta lesión y tener rendimientos deportivos de élite, con el cruzado roto), está indicada su reparación. Especialmente en los deportistas debe repararse el ligamento roto no sólo para volver a su actividad deportiva sino también, para prevenir el riesgo de rotura del menisco y evitar cambios degenerativos articulares. El dolor y la limitación funcional son los que determinan la indicación de cirugía.

Aquellos pacientes que además de la lesión del LCA presenten una lesión de los meniscos sintomática (hasta el 50% de las lesiones del LCA pueden asociar, a la larga, roturas de los meniscos) pueden someterse a cirugía para reparar solamente las roturas inestables de los meniscos, cuya recuperación es más rápida que la del LCA.

La rehabilitación comienza inmediatamente después de la cirugía, con ejercicios activos y pasivos para evitar perder musculatura y recuperar el rango de movilidad lo antes posible.

La rehabilitación tiene varias fases. Generalmente se protegen los ejercicios contra resistencia durante 6 semanas, se mantienen las muletas 3-6 semanas, el paciente puede empezar a correr entre el 3º-4º mes y recupera su nivel de actividad previo, para la competición a partir del 6º mes, desde la operación. El protocolo de fisioterapia se inicia durante la primera semana y puede durar hasta seis meses.

Es importante en estos pacientes mantener un programa continuado de rehabilitación y potenciación muscular y modificar algunas actividades. El uso de rodilleras de estabilización se aconseja sólo, puntualmente, para ciertas prácticas deportivas, no para las actividades de la vida diaria.

Después de la reconstrucción del LCA se produce una debilidad del cuádriceps, siendo parte fundamental del tratamiento rehabilitador recuperar la movilidad, fortalecer el cuádriceps, los isquiotibiales y recuperar la propiocepción.

La atrofia del cuádriceps después de la cirugía del LCA es un reto para cualquier programa de rehabilitación.

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