domingo, 24 de febrero de 2019

Volver a creer...


Hace unos cinco años decidí contratar los servicios de un entrenador personal. Por aquel entonces, mí estado físico y sobre todo psicológico eran bastante frágiles.

En ciertas ocasiones traté de ponerle remedio por mí cuenta, pero no sabía muy bien como plantear los entrenamientos, no controlaba nada de alimentación y no tenía claro los objetivos alcanzar ni como hacerlo, por lo que desistí durante un tiempo, hasta que pensé en el entrenamiento personal.

Me puse en manos de un gran profesional que me ayudó a progresar a trancas y barrancas, ya que mí estado de ánimo era lamentable. Respecto a esto quiero matizar que llevaba desde muy joven con depresión y ansiedad, que estuve relacionándome con los demás, con cierta dificultad, durante unos años y que en un momento dado, debido a la susceptibilidad que generaba mí estado mental, tomé la durísima decisión de poner fin a cualquier tipo de relación significativa. Me parece importante mencionarlo ya que en los años siguientes, aquella decisión condicionaría el modo en que interactuaría con la gente y el entrenador no fue una excepción.

Desconfiaba de todos, me odiaba a mí mismo y al mundo, pero cuándo empecé a sumar entrenamientos con aquel entrenador, mí visión de los demás comenzó, poco a poco, a modificarse y a ser algo más positiva.

Aquel entrenador trató de ayudarme a salir del pozo, pero aunque logramos ciertos avances, no llegué a creer en mí mismo y eso supuso un obstáculo insalvable.

Por lo que tuve muchas recaídas, no seguía sus consejos respecto al entrenamiento diario, incluso llegué a entrenar solo cuándo lo hacía con él que era una vez por semana. Me resigné a permanecer en un estado de forma pobre ya que pensaba que era incapaz de mantener una disciplina.

Hace dos años abandoné el entrenamiento con este primer entrenador y conocí a otro, con el que fui extremadamente sincero, respecto a mí sufrimiento desde el primer momento, ya que me dieron muy buenas recomendaciones sobre él y ello me transmitió confianza suficiente como para contarle mí lucha con la depresión.

Se llamaba Ángel y desde el primer día me genero buenas sensaciones como profesional y desde luego como persona. Me dí cuenta de lo empático, sensible y afable que era, facetas que su personalidad que me hicieron conectar rápidamente con él. Sin embargo, con el tiempo tuve más altibajos emocionales que repercutieron en mí frecuencia de entreno. De nuevo me conformé con entrenar una vez por semana con Ángel, salvo en las raras ocasiones en las que me sentía con fuerzas para enfrentarme al mundo y entrenaba por mí cuenta siguiendo su orientación. Así que volví a estancarme, hasta que un día decidí que quizá valía la pena confiar en alguien y a su vez creer en mí mismo. Me propuse una meta alcanzable por primera vez en mucho tiempo, sencilla pero factible para mí. Se trataba simplemente de adquirir el hábito diario de entrenar, si era capaz, seguiría con metas adicionales pero con la condición de ser justo con mís circunstancias, además de ser paciente y constante. Me planteé el camino como una maratón, sin prisa pero sin pausa, cada día un poco, cada día un peldaño más.

Ese planteamiento fue clave, el dejar de tener prisa por alcanzar objetivos, el evitar compararme con personas con situaciones distintas y el tratarme de forma más amable y justa a mí mismo; todo ello me ayudó a lograr cada pequeño pero importantísimo paso.

La excelente dirección de Ángel, su amistad y su apoyo fueron igualmente fundamentales, ya que sin él difícilmente habría logrado tal dedicación con el deporte dadas las circunstancias.
Así que a medida que avanzaba, me sentía cada vez mejor, mí resistencia aumentaba, así como mí fuerza y agilidad, lo que me hizo comprobar que el cambio era posible y resultaba alentador. Me volví más optimista y realista con el tiempo, cada entreno con Ángel se convertía en un desafío apetecible, en vez de un rato que pasar sin más, es decir, la apatía formaba parte del pasado y por fin dió paso a la ilusión. Aún a día de hoy al volver la vista atrás me parece increíble lo que he ido consiguiendo.

Actualmente sigo entrenado con Ángel, he adquirido una rutina y me planteo objetivos que para mí yo del pasado parecían imposibles. No puedo alegrarme más de que nuestros caminos se hayan cruzado, de darme una oportunidad, de creer que merezco ser feliz y que puedo serlo, de volver a disfrutar con el deporte y sobre todo de la vida.

Gracias mí Ángel por todo, te aprecia enormemente tu amigo por siempre, Eduardo. 




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