Hace unos cinco años decidí
contratar los servicios de un entrenador personal. Por aquel entonces, mí
estado físico y sobre todo psicológico eran bastante frágiles.
En ciertas ocasiones traté de
ponerle remedio por mí cuenta, pero no sabía muy bien como plantear los
entrenamientos, no controlaba nada de alimentación y no tenía claro los
objetivos alcanzar ni como hacerlo, por lo que desistí durante un tiempo, hasta
que pensé en el entrenamiento personal.
Me puse en manos de un gran
profesional que me ayudó a progresar a trancas y barrancas, ya que mí estado de
ánimo era lamentable. Respecto a esto quiero matizar que llevaba desde muy
joven con depresión y ansiedad, que estuve relacionándome con los demás, con
cierta dificultad, durante unos años y que en un momento dado, debido a la
susceptibilidad que generaba mí estado mental, tomé la durísima decisión de
poner fin a cualquier tipo de relación significativa. Me parece importante
mencionarlo ya que en los años siguientes, aquella decisión condicionaría el
modo en que interactuaría con la gente y el entrenador no fue una excepción.
Desconfiaba de todos, me odiaba a
mí mismo y al mundo, pero cuándo empecé a sumar entrenamientos con aquel
entrenador, mí visión de los demás comenzó, poco a poco, a modificarse y a ser
algo más positiva.
Aquel entrenador trató de
ayudarme a salir del pozo, pero aunque logramos ciertos avances, no llegué a
creer en mí mismo y eso supuso un obstáculo insalvable.
Por lo que tuve muchas recaídas,
no seguía sus consejos respecto al entrenamiento diario, incluso llegué a
entrenar solo cuándo lo hacía con él que era una vez por semana. Me resigné a
permanecer en un estado de forma pobre ya que pensaba que era incapaz de
mantener una disciplina.
Hace dos años abandoné el
entrenamiento con este primer entrenador y conocí a otro, con el que fui
extremadamente sincero, respecto a mí sufrimiento desde el primer momento, ya
que me dieron muy buenas recomendaciones sobre él y ello me transmitió
confianza suficiente como para contarle mí lucha con la depresión.
Se llamaba Ángel y desde el
primer día me genero buenas sensaciones como profesional y desde luego como
persona. Me dí cuenta de lo empático, sensible y afable que era, facetas que su
personalidad que me hicieron conectar rápidamente con él. Sin embargo, con el
tiempo tuve más altibajos emocionales que repercutieron en mí frecuencia de
entreno. De nuevo me conformé con entrenar una vez por semana con Ángel, salvo
en las raras ocasiones en las que me sentía con fuerzas para enfrentarme al
mundo y entrenaba por mí cuenta siguiendo su orientación. Así que volví a
estancarme, hasta que un día decidí que quizá valía la pena confiar en alguien
y a su vez creer en mí mismo. Me propuse una meta alcanzable por primera vez en
mucho tiempo, sencilla pero factible para mí. Se trataba simplemente de
adquirir el hábito diario de entrenar, si era capaz, seguiría con metas
adicionales pero con la condición de ser justo con mís circunstancias, además
de ser paciente y constante. Me planteé el camino como una maratón, sin prisa
pero sin pausa, cada día un poco, cada día un peldaño más.
Ese planteamiento fue clave, el
dejar de tener prisa por alcanzar objetivos, el evitar compararme con personas
con situaciones distintas y el tratarme de forma más amable y justa a mí mismo;
todo ello me ayudó a lograr cada pequeño pero importantísimo paso.
La excelente dirección de Ángel,
su amistad y su apoyo fueron igualmente fundamentales, ya que sin él
difícilmente habría logrado tal dedicación con el deporte dadas las
circunstancias.
Así que a medida que avanzaba, me
sentía cada vez mejor, mí resistencia aumentaba, así como mí fuerza y agilidad,
lo que me hizo comprobar que el cambio era posible y resultaba alentador. Me
volví más optimista y realista con el tiempo, cada entreno con Ángel se
convertía en un desafío apetecible, en vez de un rato que pasar sin más, es
decir, la apatía formaba parte del pasado y por fin dió paso a la ilusión. Aún
a día de hoy al volver la vista atrás me parece increíble lo que he ido
consiguiendo.
Actualmente sigo entrenado con
Ángel, he adquirido una rutina y me planteo objetivos que para mí yo del pasado
parecían imposibles. No puedo alegrarme más de que nuestros caminos se hayan
cruzado, de darme una oportunidad, de creer que merezco ser feliz y que puedo
serlo, de volver a disfrutar con el deporte y sobre todo de la vida.
Gracias mí Ángel por todo, te
aprecia enormemente tu amigo por siempre, Eduardo.
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